La verdad de este cuerpo
mi más honda
verdad.
Invadirlo,
apresarlo,
hasta sentir su carne
prolongada
en la mía,
integrada en mi sangre,
y sentir por la suya
esa lava ya
fría del ardor del placer.
Hasta su sexo llego
como aquellos
amantes
que ante un cuerpo desnudos
oficiaban con fervor y
belleza
sabiéndose partícipes de Pan y de Afrodita.
Sobre la tierra
inhóspita,
bajo el cielo callado y los dioses ausentes,
avanzo por sus
valles, laderas, promontorios,
y en el instante exacto del gemido
asalto,
rompo, ocupo
la cueva misteriosa,
el cálido refugio
donde morar
silente.
Ya rendidos, y fríos, y exhaustos,
los cuerpos se
separan,
sus poderes se anulan:
una tregua se abre sobre los blancos
lienzos.
Hasta que una mano furtiva se desliza
por la piel tan
surcada,
las piernas se entrelazan,
la carne, enmudecida, recupera sus
voces,
y el sexo,
cual un mar saliendo de su calma,
se levanta y
avanza:
hacia el cuerpo que amo
y que a mi lado yace.
Hermosa
realidad que devoro insaciable.